Globered
Consigue tu propia página web
0 0 0

Historia de la cabocla

Por: MOYUBA | Publicado: 17/09/2011 05:17 |




Historia de la cabocla potrira

LAS LAGRIMAS DE POTIRA


Mucho antes de que los blancos llegaran a las tierras menos pobladas
del interior de Brasil, ya vivían allí muchas tribus indígenas, en
paz o en guerra, cada una siguiendo sus costumbres. De una de estas
tribus, en paz con sus vecinos desde hacía tiempo, formaban parte
Potira, una hermosa india agraciada por Tupá con la hermosura de las
flores, e Itagibá, joven fuerte y valiente.

Era costumbre de la tribu que las mujeres se casasen pronto y que los
hombres lo hicieran al convertirse en guerreros. Cuando Potira llegó
a la edad de casamiento, Itagibá adquirió la condición de guerrero.
Ambos se amaban, habían decidido compartir sus vidas, compartir
sonrisas y momentos difíciles, ser compañeros. Y aunque otros jóvenes
también suspiraban por Potira, ella no tuvo dudas, y se unió con
Itagibá en una gran fiesta.

Eran tiempos tranquilos y la felicidad les acompañaba. Los periodos
de separación que coincidían con viajes para contactar con otras
tribus o con cacerías, hacían que volvieran a verse después con más
ganas, que se unieran más de lo que ya estaban. La alegría de cada
reencuentro compensaba las noches a solas.

Llegó un día, sin embargo, en el que el territorio de la tribu fue
amenazado por vecinos que codiciaban la abundante caza que había en
él, e Itagibá partió con sus hombres para la guerra. Potira vio
alejarse las canoas río abajo, preparadas para el enfrentamiento, sin
saber qué sentía exactamente, aparte de la tristeza de separarse de
su amado sin una fecha concreta a la que aferrarse esperando su
vuelta, sin poder contar los días... Pero no lloró como las ancianas
de la tribu, quizá porque nunca había visto ninguna otra guerra.

Todas las tardes iba a sentarse a la orilla del río, esperando
pacientemente, tranquila. Ajena a los risas de los niños, solo
esperaba, escuchaba el rumor de las aguas del río queriendo oír en
ellas el sonido de un remo batiendo en el agua, imaginando el dibujo
de una canoa recortándose en la lejanía. Cuando el sol se ponía,
retornaba al poblado con la imagen de Itagibá aún en mente, sonriendo
pues en cierto modo había pasado con él la tarde...

Fueron muchas tardes iguales, una tras otra, y el dolor de la
nostalgia se iba imponiendo. Pero cada tarde volvía con la misma
ilusión al encuentro de su amado, y esa esperanza hacía que cada
mañana siguiera levantándose y cumpliendo sus tareas con una sonrisa
en los labios, porque a la tarde se reunirían. Y si no era esa tarde,
sería la siguiente...

Una de las tardes en las que Potira escudriñaba el horizonte en busca
de esa sombra recortándose en él, el canto de la araponga retumbó en
los árboles. Y el rostro de Potira se ensombreció, y su sonrisa se
perdió en las aguas del río. Porque todos saben que el canto
melancólico de la araponga solo anuncia acontecimientos tristes, y
nuestra india, bella como una flor, codiciada por tantos hombres...
supo que eso ya no importaba, que nada importaba, porque el araponga
había anunciado la muerte de Itagibá. Y por primera vez lloró. Sin
decir palabras, como no habría de decirlas nunca más. Lloró, lloró y
siguió llorando, y las lágrimas que descendían por el rostro fueron
haciéndose sólidas y brillantes a su paso por la cara y el aire,
yendo a parar al lecho del río por el que Itagibá había partido.

Y se dice que Tupá, conmovido, transformó esas lágrimas en diamantes,
perpetuando así el recuerdo de un amor intenso y puro. Y así fue como
a la llegada del hombre blanco, le recibió una tierra en la que las
pasiones abundaban... y que seguía guardando las valiosas lágrimas de
Potira a las que tanto valor se daría después... pero olvidando su
origen.

Historia de yuremina

Se dice que en las noches de luna llena la Luna baja a la tierra para casarse con una india. Esta creencia existía en la época en que las tierras brasileñas fueron pobladas por tribus indígenas, donde lo masculino y femenino no existían como figuras determinadas en las leyendas indígenas. La luna, para ellos, era un guerrero decidido, valiente, fuerte y bello. Las jóvenes indias querían conquistar su amor para transformarse en estrellas en el cielo. Hubo una india, llamada Nalá8hoy conocidaa como yuremina), que soñaba con ese maravilloso guerrero. Pasaba las noches observando la luna llena, fascinada con sus rayos que bañaban su cuerpo y que parecía los brazos fuertes del amado.

Muchas veces Nalá, corría por los campos, con los brazos extendidos, intentando alcanzar la Luna, pero jamás lo conseguía. Cierta noche, enferma de pasión, Nalá vio aparecer, con todo esplendor la Luna reflejada en las aguas de un río. No lo pensó dos veces: imaginando que el amado aparecía para atender a sus llamados, Nalá se tiró en sus brazos y terminó ahogada en el fondo del río. La Luna a su vez, quedó con pena de semejante tragedia que, en vez de transformar la pobre muchacha en una estrella, creyó mejor transformar la indiecita en una flor tan bella como inmensa. Así es que, transformada en yuremina, Nalá aguarda todas las noches su guerrero amado, y cuando la Luna aparece, abre sus enormes pétalos ofreciendo su corola para recibir los rayos plateados del amado.

LA HISTORIA DE IASÁ
(Leyenda indígena - Brasil)
hirtoria de la cabocla yurema


En la tribu de los *Cashinahuas vivía una joven tan
hermosa que todos los que la veían se enamoraban
de ella. Pero Iasá amaba solamente a Tupá, el hijo
del Dios supremo Tupán.

El demonio Anhangá, enamorado también de Iasá,
sentía una terrible envidia de Tupá y decidió robarle
la novia. Para lograr su maligno propósito, se
apareció un día ante la madre de Iasá y le dijo:

-Si tú impides la boda de Iasá y Tupá y haces que
tu hija se case conmigo, yo te daré caza y pesca
abundantes durante toda tu vida.

Comenta